María José Magliano es doctora en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Investigadora del CONICET y Profesora en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Posdoctorado en la Universitá degli Studi di Padova (Italia). Se desempeña como co-coordinadora del programa de investigación “Estudios Latinoamericanos de Antropología del Trabajo” y del programa de investigación “Migraciones, políticas y desigualdades en perspectiva interseccional”, ambos radicados en el Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (dependiente del CONICET y la Universidad Nacional de Córdoba). Es integrante de la Red de Investigación Argentina sobre Migraciones Internacionales Contemporáneas (IAMIC) y de los Grupos de Trabajo CLACSO Migraciones y fronteras sur-sur y El trabajo en el capitalismo contemporáneo.

Es una de nuestras invitadas del XI° Coloquio sobre Migraciones, que se realizará en el Campus Praia Vermelha de la Universidade Federal de Rio de Janeiro entre los días 11 y 13 de marzo de 2024. Conversamos con ella sobre su mirada sobre el campo de los estudios de género y migraciones y también sobre el contexto actual que atraviesa Argentina.

O Estrangeiro: ¿Cuál es la importancia de ligar los estudios migratorios con los estudios de género? Y ¿cómo la perspectiva de las interseccionalidades puede contribuir en estos estudios?

María José Magliano: La articulación entre migraciones y género ha contribuido a repensar las perspectivas clásicas que habían definido al “migrante” como un sujeto “trabajador”, sin sexo ni cuerpo, aunque asociado generalmente al varón. En ese esquema, las mujeres migrantes eran configuradas como dependientes del varón que migraba y subsumidas dentro del movimiento familiar. Frente a este argumento, uno de los principales aportes de los estudios de género en el campo de las migraciones fue la visibilización de las mujeres como parte ineludible de las movilidades, tanto internas como internacionales. Estos estudios cuestionaron los binarismos mediante los cuales se explicaban las migraciones y que definían al varón como productor, activo y un actor público y a la mujer como reproductora, pasiva y un actor privado. Los enfoques de género no solo disputaron esa ecuación, sino que hicieron de las mujeres migrantes protagonistas del campo de estudios e impulsaron el corrimiento del velo que ocultaba los supuestos patriarcales implícitos en las teorías migratorias dominantes. Sin embargo, y en relación a la segunda pregunta, el género no explica en su total complejidad las experiencias de las mujeres (y tampoco de los varones) migrantes. Con base en este reconocimiento, la interseccionalidad (que surge de la mano de las mujeres negras en los Estados Unidos de los años 60 y 70 del siglo pasado) contribuye a complejizar aún más este campo de estudios. Las experiencias de las mujeres migrantes, si recuperamos los aportes de esta perspectiva, no se pueden comprender solo por su género (no existe “una” mujer, sino varias), sino también por su pertenencia de clase, su raza, su edad, su status migratorio, su sexualidad. Así pues, estas clasificaciones sociales -que remiten a relaciones de poder- inciden directamente en la vida cotidiana de las mujeres migrantes e influyen de manera determinante en su acceso a derechos y oportunidades, así como en las barreras y situaciones de exclusión y discriminación que enfrentan.

OE: ¿Cómo ves el panorama de estudios de género y migración hoy en Argentina y en la región?

MJM: Lo primero que habría que destacar en relación a este interrogante es el aporte de los estudios sobre género y migraciones, especialmente aquellos situados en el “sur” global (donde nos ubicamos quienes vivimos en América Latina), a la construcción de un feminismo interseccional. En las últimas décadas el panorama en este campo analítico ha sido muy auspicioso y dinámico. Se expandieron las investigaciones, los proyectos y los programas de investigación sobre esta articulación (la de género y migraciones). El reconocimiento de las mujeres en las migraciones es hoy incontestable, lo cual impactó fuertemente en los abordajes teóricos y en las decisiones metodológicas de las indagaciones sobre la temática. Sin embargo, y como anticipó Gioconda Herrera en un texto del 2012, esta visibilidad de las mujeres en las migraciones no logró evitar la selectividad de ciertos temas y el abandono de otros, priorizando y privilegiando determinados sujetos, espacios y ámbitos de estudio. Por ejemplo, se prestó mayor atención a algunos flujos migratorios y se equiparó género con mujer, olvidando el carácter relacional de esa categoría.
En términos de balance, podría decirse que en la actualidad la promesa original de este campo de estudios parece haberse diluido. Un amplio conjunto de las investigaciones recientes sobre la articulación entre género y migraciones tiene certezas sobre las respuestas a los interrogantes y objetivos que se plantea. Esto redunda en cierta repetición de temas y resultados de investigación. En tal sentido, es importante reconocer que se trata de un campo vivo, cuyo desafío principal es hacerse preguntas y reflexionar sobre las experiencias migratorias desde la producción de sujetos con derechos reducidos y que enfrentan múltiples formas de desigualdades. De manera que es necesario estar alertas a lo que el campo nos dice (volver al campo con nuevas preguntas, con marcos teóricos actualizados) y a la revisión constante de las categorías con las que miramos el mundo, que es una de las apuestas centrales de los feminismos.

OE: La existencia y superposición de diferentes tipos de fronteras que atraviesan las mujeres migrantes son abordadas en tu artículo “Mujeres migrantes, movilidades cotidianas y fronteras urbanas en una ciudad de Argentina” (Estudios Fronterizos, 2023), ¿por qué crees que es importante este desplazamiento del foco en las fronteras nacionales hacia las fronteras urbanas? y ¿qué es lo que permite evidenciar?

MJM: No diría que hay que cambiar necesariamente el foco, sino considerar las diversas fronteras a las que se enfrentan (y en muchos casos padecen) las poblaciones migrantes. Como indicamos en un texto que escribimos con Ana Inés Mallimaci para la revista Reflexiones, los análisis contemporáneos sobre las experiencias migrantes suelen detenerse en las dificultades y en las violencias, en algunos casos extremas, sufridas a causa de la acción de diferentes agentes estatales y económicos en el cruce de fronteras nacionales. Sin embargo, lo que me interesó en ese artículo es mostrar el peso que tienen otras fronteras, en paralelo a las nacionales, en la vida cotidiana de las mujeres migrantes en las ciudades de destino en las que viven. Y cómo estas mujeres construyen experiencias diversas en sus intentos, muy laboriosos, por sostener su vida y la de sus familias. Se trata de fronteras muchas veces imperceptibles que condicionan fuertemente la cotidianeidad de las poblaciones migrantes y sus trayectorias. Como señalé en ese artículo, aquellas personas que logran permanecer en las sociedades de destino conviven con la presencia de fronteras urbanas que actúan en sus prácticas espaciales, excluyéndolas de algunas zonas y circunscribiéndolas a otras donde las condiciones de vida son precarias. El hecho de mirar las movilidades diarias de las mujeres migrantes posibilita identificar el espesor de las fronteras urbanas. Lo que esto permite evidenciar es que las mujeres migrantes hacen un uso restringido del espacio urbano: no cuentan con accesos “seguros” a ciertos lugares y están habilitadas para producir y apropiarse sólo de determinados sectores de la ciudad, siendo una expresión más de la reproducción de desigualdades (ya sean estas de género, clase, raza, nacionalidad, edad). La vitalidad de las fronteras más allá de las nacionales como componente clave de la vida cotidiana migrante resulta entonces un aspecto ineludible de las movilidades y las migraciones que hay que considerar y profundizar analíticamente.

OE: En tu texto “Interseccionalidad y migraciones: potencialidades y desafíos” (Estudos Feministas, 2015), defendés que la interseccionalidad debe servirnos para pensar no solo sobre mujeres migrantes, sino también las masculinidades migrantes. ¿Te parece que hoy en día los estudios migratorios están tratando esta cuestión o continúa siendo un tema periférico? ¿Cómo evaluás la situación?

MJM: Si bien en los últimos años se expandieron los estudios sobre las masculinidades migrantes, aún son escasos en comparación con aquellas investigaciones focalizadas en las mujeres migrantes. Persiste una concepción que tiende a igualar género a mujer. No obstante, es importante resaltar una vez más que el género es una categoría relacional y que los varones también se ven afectados por desigualdades interseccionales (así como no existe la “mujer migrante” universal, tampoco existe un “varón migrante” uniforme y homogéneo). Considerando este escenario, los estudios sobre masculinidades migrantes vinieron a mostrar, entre otras cosas, que también las identificaciones masculinas son múltiples y complejas, manifestando la necesidad de su comprensión interseccional. Los trabajos pioneros de Carolina Rosas sobre la migración desde México hacia Estados Unidos han contribuido al desarrollo de los estudios sobre las masculinidades migrantes en clave de género. De todos modos, se mantienen todavía poco exploradas algunas temáticas sobre las trayectorias de los varones migrantes. Entre otras, la reconfiguración de sus vínculos afectivos y familiares, la forma en que se gestionan las paternidades, las experiencias sociolaborales de los varones en un mercado de trabajo segmentado, los procesos de criminalización que enfrentan en los contextos de destino, por mencionar solo algunas.

OE: A partir de la asunción de Milei como presidente de Argentina vimos diferentes demostraciones de odio — e inclusive, propuestas de ley — contra la población migrante y también contra las mujeres, ¿cómo percibís este nuevo momento? ¿Cómo esto está impactando a las poblaciones migrantes y, específicamente, a las mujeres migrantes en Argentina y en Córdoba?

MJM: El gobierno del presidente Javier Milei (que comenzó el 10 de diciembre de 2023) parece retomar, para la cuestión de las migraciones, un discurso bastante poco original: el de la criminalización. Esto es la reproducción de una visión estatal que asocia inseguridad y migración. A partir de ahí, se plantea la necesidad de acelerar los procesos de expulsión y de una mayor eficiencia sobre los controles requeridos para el acceso a la radicación de la población migrante. La mirada que se ha difundido en estos primeros días de gobierno, que insisto no tiene ninguna novedad, es la de expulsar a aquellos extranjeros que delinquen y que no cuenten con la residencia permanente. Y, para ello, se suelen exagerar y falsear números y porcentajes en relación con los índices de criminalidad de la población migrante en el país. Por ejemplo, según un informe del 2022 de la población privada de su libertad del Sistema Nacional de Estadística sobre Ejecución de la Pena, en todas las cárceles de Argentina había unas 105 mil personas presas, de las cuales 5 mil eran extranjeras. Es decir, no es que las cárceles estén repletas de migrantes, como muchas veces se quiere instalar en el discurso público. Esta idea, que aún no se efectivizó en una política concreta, parece reeditar el espíritu del Decreto sancionado por el entonces presidente Mauricio Macri (2015-2019) el 30 de enero de 2017, que apuntaba a acelerar los procesos de deportación de extranjeros y extranjeras y ampliar las causas que impiden su ingreso al país (ese decreto fue derogado por el presidente Alberto Fernández en 2021).

La proliferación de estos discursos y posicionamientos políticos, que estigmatizan a la población migrante, tiene su impacto en el modo en que los y las migrantes se vinculan con la sociedad de destino en su conjunto y con los espacios por los que transitan. De alguna manera, lo que se mantiene intacta es la visión política de la “ilegitimidad” que recae sobre ciertas presencias migrantes. Visión que, en contextos de fuertes crisis como la que estamos viviendo en los últimos años en Argentina y que se agudizó con las medidas adoptadas por el nuevo gobierno, se traduce en formas de criminalizar a las personas migrantes, tanto mujeres como varones, asociándolas al delito y la inseguridad, y convirtiéndolas en “chivo expiatorio” de las problemáticas que enfrenta el país. Es ahí cuando aparece la idea ya recurrente de que “quitan” el trabajo de los argentinos y argentinas y usan y abusan de los recursos del Estado (por ejemplo, se comenzó a discutir en la agenda pública sobre el arancelamiento de la universidad para extranjeros). Es el mismo discurso que enfatiza que solo vienen a “delinquir” y que inundan las cárceles, convirtiéndose en un costo más para el Estado de destino. Se trata de visiones que no tienen ningún sustento empírico pero que afectan el día a día de la población migrante, en especial de ciertos orígenes nacionales, y la lleva a percibir los ámbitos estatales y a sus agentes como espacios y sujetos hostiles ante los cuales esta población debe demostrar su “honestidad” y el “aporte” que realiza a la sociedad de destino. Es en este marco que los y las migrantes, incluso quienes han permanecido en el país desde hace décadas, enfrentan un “plus” de desigualdad por el hecho de ser “no nacionales” (o por el hecho de haber nacido en un lugar diferente al que viven), que refuerza, una y otra vez, la premisa de que su presencia es siempre provisoria.

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